Paisajes, muerte y erotismo en Pedro Páramo

Juan Rulfo me ha acompañado en mis dos últimos días de trabajo. Con él, Pedro Páramo, Juan Preciado y todos los muertos vivientes de Comala. Recuerdo haber leído la novela en el instituto, y sé que entonces supe apreciar las interrupciones en la línea narrativa y la superposición de narradores omniscientes. Sin embargo, esta vez la obra me ha cautivado con solo pequeños detalles.

Hay descripciones paisajísticas que consiguen, con mucha facilidad, que el lector dibuje en su mente el escenario de la acción. Pena que la pintura no se me dé bien.

El agua que goteaba de las tejas hacía un agujero en la arena del patio. Sonaba: plas plas y luego otra vez plas, en mitad de una hoja de laurel que daba vueltas y rebotes metida en la hendidura de los ladrillos. Ya se había ido la tormenta. Ahora de vez en cuando la brisa sacudía las ramas del gramado haciéndolas chorrear una lluvia espesa, estampando la tierra con gotas brillantes que luego se empañaban. Las gallinas, engarruñadas como si durmieran, sacudían de pronto sus alas y salían al patio, picoteando de prisa, atrapando las lombrices desenterradas por la lluvia. Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándole brillo a las hojas con que jugaba el aire.

Muchas veces se ha descrito la noche, su embrujo y la eterna sonrisa de la luna. Estoy convencida de que ésta es una de las más embaucadoras que he leído.

Faltaba mucho para el amanecer. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche. La luna había salido un rato y luego se había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie mira, a las que nadie hace caso. Estuvo un rato allí desfigurada, sin dar ninguna luz, y después  fue a esconderse detrás de los cerros.

También hay algunos pasajes de sexo y erotismo. La pillería y naturalidad con que se narran estos episodios hace que el lector no se dé cuenta de la referencia hasta que, inevitablemente, la imagen ya está en su cabeza. Contenido velado, pero sumamente claro y brutalmente visual.

Dice que ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como piedras frías y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan. Dice que él le mordía los pies diciéndole que era como pan dorado en el horno. Que dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo ardoroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda; sumergiéndose más, hasta el gemido.

De las muchas historias que los propios personajes cuentan, la del provocador de sueños es una de las más divertidas y pícaras.

Mi compadre Pedro decía que estaba que ni mandado a hacer para amansar potrillos; pero lo cierto es que él tenía otro oficio: el de provocador. Era provocador de sueños. Eso es lo que era verdaderamente. Y a tu madre la enredó como lo hacía con muchas. Entre otras, conmigo. Una vez queme sentí enferma se presentó y me dijo: “Te vengo a pulsear para que te alivies”. Y todo aquello consistía en que se soltaba sobándola a una, primero en las yemas de los dedos, luego restregando las manos; después los brazos, y acababa mitiéndose con las piernas de una, en frío, así que aquello al cabo de un rato producía calentura. Y, mientras maniobraba, te hablaba de tu futuro.  Se ponía en trance, remolineaba los ojos invocando y maldiciendo; llenándote de escupitajos como lo hacen los gitanos. A veces se quedaba en cueros porque decía que éste era nuestro deseo. Y a veces le atinaba; picaba por tantos lados que con alguno tenía que dar.

La muerte, escurridiza en su constatación, es uno de los grandes temas del libro. He aquí alguno de los pasajes estrella al respecto:

Y es que no había aire. Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que fuera. Lo sentía ir y venir, cada vez menos; hasta que se hizo tan delgado que se filtró entre mis dedos para siempre. Digo para siempre.

-Entonces, ¿qué esperas para morirte? – La muerte, Susana. -Si es nada más eso, ya vendrá. No te preocupes

El silencio volvió a cerrar la noche sobre el pueblo.

En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.

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2 comentarios para “Paisajes, muerte y erotismo en Pedro Páramo”

  1. Cecilia Dice:

    Hola, muy interesante su análisis. estoy trabajando esta novela en la maestr{ia y el erotismo es una de las imágenes que estoy desentrañando. Te voy a citar en mi trabajo.

    • patchworkblocks Dice:

      ¡Muchas gracias! Encantada de poder aportar un pequeño granito de arena a su trabajo. ¿Sería tan amable de enviarme una copia cuando lo termine? Un saludo

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